Si eres hombre y piensas que puedes con todo (lee esto primero)

Si estás leyendo esto, quizá han pasado varias cosas: has llegado tú solo porque últimamente algo no va bien o quizá te lo ha enviado tu pareja, una amiga, tu hermana o alguien que te quiere y te ha dicho algo parecido a: “léelo, creo que te puede ayudar”.

Puede que estés pensando «yo realmente no necesito terapia», «no estoy tan mal», «puedo con esto» o «ya se me pasará», y te confieso que la mayor parte de los hombres a los que acompaño llegan diciendo exactamente eso. Los hombres no soléis iniciar Terapia  Feminista porque queráis conoceros mejor, crecer emocionalmente o entenderos más profundamente, lo hacéis cuando ya no podéis más, cuando la ansiedad explota, la pareja se rompe, el consumo de alcohol, cannabis o cualquier otra forma de anestesiarse ya no funciona, o aparece una sensación de vacío que ya no se puede tapar trabajando más, distrayéndose más o tirando para adelante.

Y esto no ocurre porque queráis que sea así o porque seáis débiles, sucede porque probablemente os enseñaron algo muy parecido a esto: que un hombre de verdad aguanta, lo resuelve solo, no molesta y sigue funcionando aunque por dentro esté roto.

El problema entonces no es que no sufras, el problema es que seguramente nadie te ha mostrado cómo identificar lo que te pasa. Seguramente te enseñaron antes a rendir que a mirarte, antes a producir que a cuidarte, y por eso sabes reconocer el estrés, el cansancio físico o el enfado, pero no tanto la tristeza, el miedo, la soledad o la sensación de vacío.

Que te cueste pedir ayuda no significa que no la necesites, significa que has aprendido que necesitar a otros era peligroso, pero sostenerlo todo solo tiene un precio y muchas veces no lo pagas solo tú, porque cuando un hombre no sabe mirar lo que le pasa, muchas veces también sufren las personas que tiene cerca: parejas cansadas de sentir distancia emocional, personas queridas que intentan acercarse y chocan contra un muro, o hijas e hijos que aprenden que sentir es algo que hay que esconder.

Desde la Terapia Feminista trabajamos mucho esta idea: los hombres también son víctimas de un modelo de masculinidad que les ha enseñado a reprimirse emocionalmente, pero eso no significa que no tengan responsabilidad sobre cómo ese dolor impacta en otras personas. No basta con sufrir en silencio, hay que hacerse cargo, y hacerse cargo no significa hacerlo perfecto, significa empezar a mirar.

La Terapia Feminista no debería ser el último sitio al que llegar cuando todo está ardiendo, podría ser simplemente un espacio para aprender algo que quizá nadie te enseñó: poner palabras a lo que sientes, dejar de vivir permanentemente en modo supervivencia, descubrir que sentir no significa debilidad. Y si has llegado hasta aquí pensando “igual algo de esto sí me pasa, Marta”, quizá no necesitas tener clarísimo que quieres hacer terapia, quizá solo necesitas hacerte una pregunta: ¿cuánto más tienes que romperte para permitirte empezar a cuidarte?