Casarme fue un acto de amor (aunque no por lo que piensas)

Durante mucho tiempo pensé que el amor era algo que había que mirar con cautela. No hablo del amor romántico idealizado que tantas veces cuestionamos desde el feminismo, hablo de algo más profundo, de esa sensación silenciosa que muchas personas supervivientes de trauma complejo conocemos bien: la de que el amor no es un lugar seguro. Porque cuando has crecido en contextos donde el afecto convivía con el miedo, la crítica, el abandono, la imprevisibilidad o la falta de cuidado, aprendes algo muy difícil de desaprender: aprendes que querer a alguien es peligroso, que depender de alguien es peligroso, que confiar es peligroso.

Desde fuera puede parecer que has construido una vida normal, tienes relaciones, amistades, proyectos…, pero por dentro hay una parte de ti que sigue vigilando, una parte que espera que algo salga mal, que se pregunta cuándo llegará la decepción y que sospecha del amor precisamente cuando más cuidado recibe.

En la Terapia Feminista sabemos que el trauma complejo no sólo deja heridas en la autoestima o en la regulación emocional, también deja huellas profundas en la forma en que nos vinculamos. Muchas personas que han vivido trauma complejo desean profundamente el amor y la cercanía, pero al mismo tiempo sienten miedo cuando los encuentran y viven en una contradicción agotadora: necesitan a las personas, pero también temen necesitarlas. Quieren confiar, pero una parte de ellas sigue convencida de que confiar es una mala idea. Entonces ocurren cosas a priori irracionales: se alejan cuando alguien se acerca demasiado, se vuelven frías o se encierran e interpretan como amenaza situaciones que objetivamente no lo son, o simplemente desaparecen durante un tiempo porque la vulnerabilidad que exige el vínculo se vuelve demasiado intensa.

Ninguna de ellas lo hacen porque no quieran a quienes les quieren. Lo hacen porque una parte de su sistema nervioso sigue intentando protegerlas. El problema es que esa protección a veces termina alejándolas precisamente de aquello que más necesitan.

Por eso, cuando pienso en una de las decisiones más importantes de mi vida, me sorprende que no sea la que muchas personas imaginarían. Porque para mí casarme no fue un acto de romanticismo: fue un acto de confianza y quizá por eso fue uno de los mayores actos de amor que he hecho nunca.

Yo nunca quise casarme, de hecho, durante años me negué a hacerlo con todas mis parejas. Sentía que no era necesario, que mi amor no necesitaba un papel, que una relación no era más verdadera por pasar por una institución. Sigo pensando que una boda no garantiza nada, que el compromiso no nace de una firma ni de una ceremonia y que el valor de un persona no debería medirse por encajar en una institución como el matrimonio.

Precisamente porque soy feminista sé que el amor no debería implicar dependencia, sacrificio ni renuncia a una misma, pero para mí, esta vez, casarme significó algo distinto. No fue aceptar una estructura que me completaba, ni asumir que necesitaba un papel para validar mi vínculo. Fue poder decirme a mí misma que podía dejar de vivir permanentemente en alerta, que podía confiar, que esa persona era un lugar seguro.

Por eso a veces sonrío cuando alguien se sorprende de que una psicóloga feminista se haya casado. Porque la historia que yo cuento sobre ese día no tiene nada que ver con las que suelen contarse. No fue una celebración de que alguien me completaba, no fue una promesa de amor eterno ni una renuncia a mi autonomía, fue algo mucho más sencillo y mucho más difícil: fue decirle a la parte más asustada de mí: “puedes descansar, no todo el amor es peligroso, no todas las personas se van, ni todos los vínculos duelen”.

Y para una superviviente de trauma complejo, eso también es amor. Quizá el amor más profundo de todos.