Azucena despotrica en Instagram y luego te recoge los paquetes (normal que te rayes)

Hace unos días hice algo que no suelo hacer: comentar una publicación en redes sociales. El vídeo hablaba de corresponsabilidad y planteaba, a partir de la experiencia personal de quien lo publicaba, que los hombres no hacen más tareas en casa porque las mujeres no les dejamos. Que queremos que todo se haga de determinada manera, buscamos la perfección y por eso terminamos haciéndolo todo nosotras.

Me parecía estupendo que esa hubiera sido su experiencia y que en su familia hubieran conseguido construir una relación corresponsable. Mi comentario iba simplemente un poco más allá, señalando que una experiencia individual no puede utilizarse para explicar la realidad de todas las mujeres, porque hay muchas casas donde el problema no es que ellas no dejen hacer, sino que no al otro lado de la línea de los cuidados y la organización doméstica no había nadie. Añadí entonces que convendría ampliar la mirada, porque si cada vez que hablamos de desigualdad terminamos preguntándonos qué estamos haciendo mal las mujeres, el foco vuelve a estar exactamente donde ha estado casi siempre: en nosotras.

Los datos sobre corresponsabilidad y reparto de cuidados están ahí, qué te voy a contar, así que me pareció interesante aportar que además de preguntarnos por qué algunas mujeres tienen dificultades para soltar determinadas tareas, quizá también había que preguntarse por qué hay hombres que siguen sin asumirlas. Era eso, ni siquiera pretendía iniciar una guerra en Instagram.

Unos días después una persona respondió a mi comentario. Voy a llamarla Azucena, no porque se llamara así (no tengo ni idea), sino porque podría ser Azucena, Paco, Lucía, Antonio o cualquiera. Lo interesante es que Azucena no discutió lo que yo había planteado, no habló de corresponsabilidad, no aportó otro dato, no me explicó por qué no estaba de acuerdo, simplemente me ridiculizó. Cogió unas pocas líneas escritas por una desconocida y las convirtió en un juicio sobre mí, sobre mi carácter, mis relaciones, sobre la clase de persona que debía de ser. “Qué amargada estás. Pobre tu marido. Con esa actitud no me extraña que tengas problemas.  Si en tu casa pasa eso, quizá el problema seas tú”. 

Desde lo racional parece bastante sencillo, basta con pensar «esta persona no sabe absolutamente nada de mí, paso». Desgraciadamente lo emocional a veces no funciona así de  rápido, porque el ataque lleva tu nombre o aparece directamente debajo de algo que has escrito, y eso te genera rabia, vergüenza, incredulidad o la necesidad de explicar mejor lo que querías decir para que quede clarísimo que tú no eres eso que acaba de decidir una persona desconocida para ti.

Y entonces vuelves a abrir Instagram, miras si ha contestado otra vez. Te descubres pensando en la conversación mientras estás haciendo cualquier otra cosa, incluso aparece durante unos segundos una pregunta bastante absurda: ¿habré dicho algo mal?

Eso es lo curioso, una persona que no sabe nada de ti puede ocupar durante un rato muchísimo espacio dentro de tu cabeza y ahí fue cuando la cosa empezó a resultarme hasta un poco cómica porque detrás de aquel comentario hostil no había un villano de película, había una persona aparentemente normal. 

Cliqué sobre su perfil y ahí estaban: fotos de sus adorables hijos, del 90º cumpleaños de su abuela, paseos con su perrito, cena con amigas, mensajes cariñosos y sobre la importancia de cuidar a las personas que te rodean. La típica persona que probablemente en su vida cotidiana es considerada agradable, educada y estupenda por muchísima gente. La misma Azucena que puede escribirte una barbaridad en Instagram quizá sea la vecina que te pregunta cómo está tu hijo, que te recoge un paquete si no estás en casa y aparece un día con un táper de ensaladilla.

Eso me interesa mucho más que pensar simplemente que “hay gente horrible en internet” porque seguramente Azucena no sea horrible, lo que ocurre es que las redes sociales permiten que personas perfectamente normales se comporten de formas que probablemente no utilizarían si tuvieran delante a la persona a la que están hablando. Porque cara a cara hay una mirada. un tono, una reacción, un silencio después de decir algo cruel. Hay un cuerpo delante que nos recuerda que estamos hablando con alguien. En internet es mucho más fácil que la otra persona deje de ser una persona completa y se convierta simplemente en una opinión que nos molesta con una foto de perfil al lado.

Comprender esto no significa justificar que alguien te ataque, significa no concederle automáticamente autoridad sobre ti. Porque Azucena puede estar contestando a tu comentario y, a la vez, estar contestando a muchas otras cosas: a sus experiencias, a sus enfados, a sus prejuicios, a algo que has representado para ella durante treinta segundos aunque no tenga absolutamente nada que ver contigo. Y existe una diferencia enorme entre: “esta persona ha dicho algo horrible sobre mí” y “esto que ha dicho demuestra quién soy”. Lo primero ha ocurrido, lo segundo no tenemos por qué tragárnoslo.

Después de aquello confirmé algo que ya intuía: no tengo demasiadas ganas de discutir con desconocidos en internet. Eso no significa querer vivir rodeada únicamente de personas que piensan como yo, todo lo contrario, hay personas con las que discrepo muchísimo y que me hacen pensar, cuestionarme y aprender. Lo que no me interesa es quedarme voluntariamente en lugares donde el desacuerdo consiste en atacar, ridiculizar o juzgar a quien tienes delante. Por eso recuerda que siempre podemos dejar de seguir, silenciar, bloquear, no contestar o cerrar Instagram, porque no todo merece una respuesta y, marcharte de una conversación no significa perder ninguna batalla, a veces simplemente evidencia que no quieres regalarle dos horas de tu cabeza a alguien que tardó veinte segundos en escribirte una barbaridad. 

Porque las redes sociales forman parte de nuestra realidad, pero no son toda la realidad, y quizá convenga recordarlo la próxima vez que Azucena descargue su enfado en comentarios y, dos horas después, te escriba: “Hola, guapísima, te he recogido un paquete”.