Si me permites un consejo: no conviertas a una persona en tu único lugar seguro

Hay una frase que utilizamos mucho cuando hablamos de relaciones: “es mi lugar seguro” y entiendo perfectamente lo que queremos decir, queremos hablar de esa persona con la que podemos bajar la guardia, con la que no sentimos que tengamos que demostrar nada, a quien llamamos cuando algo va mal o con quien, por fin, podemos descansar.

Sin embargo, hay algo de esa expresión que, con el tiempo, he aprendido a mirar con cautela porque las personas no pueden ser lugares. Los lugares permanecen, y las personas, no. Las personas están en movimiento, van de aquí para allá, cambian, crean nuevos proyectos, conocen a otras personas, se mudan. Un día descubren que ya no quieren vivir la vida que tenían o simplemente necesitan algo distinto.

Si pensamos en una casa, quizá lo entendamos mejor: tú puedes sentir que ese salón es el lugar más acogedor del mundo, que ese sofá es perfecto y las cortinas hacen que todo resulte cálido y familiar, pero la persona que vive allí puede decidir un día cambiar el sofá, pintar las paredes, invitar a más gente a vivir en esa casa o marcharse, porque la casa también es suya y eso no significa que te quiera menos, significa que también tiene derecho a cambiar.

Por eso, cuando convertimos a una única persona en nuestro único refugio emocional, colocamos sobre ella un peso enormeSin quererlo, le estamos diciendo: “Si tú te vas, ¿qué hago yo?”y esa es una carga demasiado grande para cualquier vínculo.

Desde la Terapia Feminista trabajamos mucho esta idea, especialmente con personas que han vivido trauma complejo o relaciones inseguras. Lo celebramos, por supuesto, porque es maravilloso que, por fin, hayan encontrado a alguien en quien poder confiar, pero también miramos que toda la seguridad de su vida no quede depositada en esa persona. ¿Por qué? Pues porque de ser así cualquier discusión parece una amenaza, la mínima distancia activa el miedo y los cambios pueden  vivirse como un posible abandono. La relación deja de ser un lugar donde descansar y pasa a  convertirse en un espacio lleno de presión.

Nadie debería cargar con la responsabilidad de sostener por sí sola la estabilidad emocional de alguien a quien quiere porque querer no significa poder con todo, y porque incluso las personas que más nos aman también se cansan, atraviesan crisis, necesitan apoyo y pueden equivocarse o decidir que su vida tome otro rumbo.

Porque confiar muchísimo en una única persona puede parecer muy romántico pero quizá confiar un poquito menos en varias personas sea mucho más sano. No porque desconfiemos de quien queremos sino porque sabemos que las personas pueden caerse, enfermar o estar atravesando su propio dolor, y un día pueden necesitar tomar distancia o simplemente pueden dejar de ocupar el lugar que ocupaban en nuestra vida, y eso no convierte el vínculo en un fracaso, lo convierte en humano.

Quizá por eso me gusta más pensar en redes que en refugios, en varias personas con las que poder ser vulnerable, lugares distintos donde poder descansar un poco y que, en caso de que un hilo se rompa, sean capaces de seguir sosteniéndonos. Porque la seguridad no debería depender de una sola puerta, debería parecerse más a una casa con muchas ventanas abiertas. 
 
Y no olvidamos que el lugar seguro más importante es ése que, poco a poco, vamos construyendo dentro de nosotras y nosotros mismos. Un lugar desde el que podamos querer mucho a otras personas, sin pedirles que carguen con el peso de convertirse en nuestro único hogar.