Tengo un hijo de dos años y me encanta dormir con él. Meterme en su cama hasta que cae rendido, notar cómo su respiración se va haciendo más lenta, cómo deja de moverse poco a poco y cómo, incluso dormido, sigue buscando mi cuerpo. Una mano sobre mi brazo, una pierna encima de mis piernas, la cabeza encajada en mi cuello. A veces pienso que podría quedarme ahí para siempre.
Anoche me preguntaba hasta cuándo querrá hacerlo, hasta qué edad vendrá corriendo a sentarse encima de mí y me pedirá que me tumbe a su lado. Cuándo dejará de buscar mi mano mientras duerme o de colocar su cuerpo contra el mío como si no hubiera un lugar más seguro en el mundo.
Sé que crecerá, sé que llegará un momento en el que necesitará separarse de mí, construir su intimidad y encontrar otros lugares, otras personas y otros cuerpos en los que descansar, pero lo que me preocupa no es que deje de buscar mi cuerpo porque ya no lo necesite, sino que aprenda que no debería necesitar ninguno.
Me pregunto en qué momento el contacto físico empieza a tener un significado distinto para los hombres, en qué momento abrazarse demasiado, dormir juntos, acariciarse o mostrar ternura comienza a resultar extraño, incómodo o sospechoso.
Cuando son niños, nadie parece inquietarse demasiado al verlos amontonados. Se abrazan, se besan, se cogen de la mano, se tumban unos encima de otros. Buscan el cuerpo adulto para calmarse, pero también el de otros niños y niñas. No necesitan explicar qué significa cada contacto, simplemente disfrutan de la proximidad.
Después van creciendo y el contacto empieza a clasificarse: el abrazo puede ser demasiado largo, la caricia, demasiado íntima, decir «te quiero», incómodo y apoyar la cabeza en el hombro de un amigo, algo que quizá haya que justificar con una broma. Y aquello que antes era una forma espontánea de cuidado empieza a pasar por el filtro de la sexualidad, la homofobia y la vigilancia constante de la masculinidad.
A muchos hombres no se les prohíbe tocar otros cuerpos, se les enseña qué formas de tocarlos están permitidas. Pueden empujarse jugando, golpearse en el hombro, competir, chocar las manos o abrazarse durante unos segundos para celebrar un gol. Pueden buscar el cuerpo de una mujer dentro de una relación sexual o afectiva, pero descansar en el cuerpo de un amigo, acariciarle el pelo, abrazarlo sin prisa o reconocer que necesitan ser sostenidos parece mucho más difícil, como si el contacto sólo pudiera aparecer en dos contextos aceptables: la violencia o el sexo, y todo lo que queda en medio (la ternura, el consuelo, la calma, el refugio) fuera un territorio peligroso.
El asunto es que la necesidad de contacto no desaparece cuando alguien se hace adulto, lo que puede desaparecer es el permiso para reconocerla. Yo puedo imaginarme fácilmente abrazada al cuerpo de mi madre, apoyando la cabeza sobre ella, dejándome acariciar y sintiendo esa paz antigua que no tiene nada de infantil ni de sexual. Por eso me da tristeza pensar que muchos hombres no sientan que puedan hacer lo mismo y hayan perdido la posibilidad de descansar físicamente en quienes aman.
Cuando miro a mi hijo dormido encima de mí, no pienso únicamente en cuánto voy a echar de menos este momento, pienso también en todo lo que deseo que conserve: quiero que se separe de mí para poder encontrar su propio lugar en el mundo, no quiero que se separe de la ternura. Quiero que pueda abrazar a sus amigos sin mirar alrededor, que pueda apoyar la cabeza en otro cuerpo cuando esté cansado, que pueda pedir contacto, consuelo y compañía sin sentir que eso le hace menos hombre. Quiero que pueda dormir junto a alguien a quien ama sin que todo contacto tenga que ser leído desde el sexo, que pueda seguir sintiendo su cuerpo como un lugar desde el que acercarse a otras personas, y no como una fortaleza que debe mantener cerrada. Quiero que crezca sabiendo que necesitar a otras personas no es lo contrario de ser autónomo, que la intimidad no siempre es sexual y que la ternura no es debilidad. Quiero que entienda que el cuerpo no sirve únicamente para trabajar, competir, resistir o desear, también sirve para cuidar, descansar, acompañar, para volver a casa.
No sé hasta cuándo mi hijo querrá dormir encima de mí. Seguramente, cuando deje de hacerlo, sentiré esa mezcla tan propia de la maternidad: orgullo porque crece y pena porque algo no volverá, pero ojalá no deje de buscar otros cuerpos donde sentirse seguro. Ojalá nunca aprenda a tener miedo de la ternura.

