Hay una historia que me ha hecho pensar mucho en la forma en la que aprendemos a mirar el cuerpo de las mujeres. Una mujer a la que acompaño, superviviente de abuso sexual en la infancia, me contaba hace unos años lo difícil que fue para ella el inicio de la lactancia: al día siguiente de dar a luz, en la habitación del hospital, todavía cansada, vulnerable y aprendiendo a alimentar a su hija, se encontraba frente a sus padres y suegros que la miraban fijamente esperando con ilusión el momento de ver mamar por primera vez a la pequeña. No había mala intención, para ellos era un momento bonito, pero ella lo vivió desde otro lugar: desde la inseguridad de tener que sacarse el pecho delante de todos, desde la sensación de estar exponiéndose, de mostrar una parte de su cuerpo que había aprendido durante años que debía mantener tapada.
Su experiencia me hizo pensar en lo extraña que es esa contradicción. Durante prácticamente toda nuestra vida se nos enseña que los pechos son algo íntimo, sexual, provocador, algo que hay que cubrir, que puede despertar miradas, deseo, comentarios o juicio, y entonces tienes una criatura y, de repente, ese mismo pecho aparece delante de una matrona, un enfermero, tu madre, tu suegro o quien haya entrado en la habitación, como si nuestro cuerpo pudiera cambiar de significado de un día para otro.
Pero el cuerpo no funciona así, y mucho menos cuando ese cuerpo guarda una historia de violencia. Por eso, desde la Terapia Feminista, acompañar a mujeres supervivientes de abuso implica comprender que la relación con el cuerpo no está atravesada únicamente por lo que ocurrió, sino también por todos los mensajes que hemos recibido sobre qué partes podemos enseñar, quién puede mirarnos, cuándo un cuerpo se considera sexual y para quién parece existir.
Pero esta historia tiene una segunda parte, espera te la cuento. A principios de verano esta mujer se fue unos días de vacaciones con parte de esa familia. El primer día, al llegar a la playa, mientras se ponía la parte de arriba del bikini, hubo algo que la hizo detenerse: «¿Por qué?». Sus suegros y otros familiares habían visto sus pechos cientos de veces mientras daba el pecho. «¿Por qué ahora volvía a sentir que tenía que esconderlos? ¿Eran otros pechos?». Evidentemente, no, lo que había cambiado era el contexto y, con él, la mirada.
Quizá ahí se hace especialmente evidente algo tan absurdo que lo tenemos profundamente normalizado: no es el pecho lo que es sexual, es la mirada cultural que hemos construido sobre él. El mismo pecho puede parecernos perfectamente aceptable mientras alimenta a un bebé y convertirse en algo que debe ocultarse unos minutos después. Puede ser deseado, evaluado, operado, comentado y utilizado comercialmente y, al mismo tiempo, seguir siendo una parte del cuerpo que muchas mujeres sienten que deben esconder.
En su caso ocurrió, además, algo precioso. Amamantó durante dos años y aquella lactancia, que comenzó atravesada por la inseguridad y la sensación de exposición, terminó convirtiéndose también en una forma de reconciliarse con su cuerpo. Sus pechos dejaron de ser únicamente una parte de sí misma marcada por la mirada ajena y por experiencias dolorosas, se convirtieron en alimento, en calma, vínculo, en una parte de su cuerpo capaz de cuidar, porque ella pudo construir una vivencia nueva con una parte de su cuerpo cuya historia parecía haber sido escrita antes por otras personas.
Y quizá eso sea lo que más me conmueve de su historia, que durante años nos enseñan que nuestros pechos existen para ser mirados, deseados, juzgados, escondidos o mostrados según las normas de cada momento, y, de repente, una mujer puede descubrir algo mucho más sencillo: son suyos. Puede taparlos, puede enseñarlos, puede alimentar con ellos, puede disfrutar de ellos, puede no querer que nadie los mire, puede cambiar de opinión, porque quizá el verdadero problema nunca haya sido qué hacemos las mujeres con nuestros pechos, sino cuánto tiempo llevamos creyendo que son los demás quienes pueden decidir qué significan.

