Siempre has sido tremendamente independiente, de esas personas que nunca necesitaban a nadie, que hacían las mudanzas solas, que resolvían los problemas solas, que podían pasar un fin de semana entero sin hablar con nadie y estaban tan tranquilas. Una de esas personas que siempre pensó que el miedo a quedarse sola era algo que les pasaba a otras/os. Y de repente, un día conoces a alguien, la relación va bien, no hay motivos objetivos para pensar que se va a acabar, y, sin embargo, aparece un miedo enorme: un miedo casi irracional a que ella o él se marche.
«No entiendo qué me está pasando. Si yo siempre he podido sola/o». Es una frase que escucho mucho en las sesiones de Terapia Feminista relacionado con esto, y casi siempre la respuesta empieza por cuestionar una idea: ¿y si nunca fuiste tan independiente como pensabas?
Hay personas que aprenden demasiado pronto que pedir ayuda no sirve de mucho porque expresar necesidades es peligroso. Que si quieren que las cosas salgan adelante, tendrán que hacerlo ellas o ellos solos, y esas niñas o niños suelen convertirse en personas adultas que parecen extraordinariamente independientes, pero muchas veces no es independencia, es supervivencia.
Durante años esa estrategia les funciona («si no necesito a nadie, nadie puede fallarme»), hasta que un día aparece alguien con quien, por primera vez, bajan un poco la guardia y descubren que descansar también es posible. Y ahí ocurre algo que desconcierta muchísimo: el miedo no aparece cuando la relación no funciona, lo hace cuando va bien, cuando, por fin, sienten que han encontrado un lugar seguro.
Entonces se preguntan por qué ocurre esto, si no será que el amor les ha hecho débiles, y no, es que, por primera vez, tienen algo que perder. Lo curioso es que siguen siendo exactamente las mismas personas de siempre: las que llegan a todo, las que resuelven y sostienen, las que cumplen en el trabajo y encuentran soluciones cuando hay problemas y cargan, muchas veces, con buena parte del trabajo emocional de quienes las rodean. No es que hayan dejado de poder con su vida, y, aun así, aparece un miedo enorme a perder a la persona que quieren, y entonces intentan controlar que no haya discusiones, que todo funcione, que la relación vaya bien, como si hacerlo todo perfectamente pudiera garantizar que el abandono no volverá a ocurrir. Pero el miedo nunca se calma con más control porque no nace del presente, nace de una niña o un niño que aprendió demasiado pronto que solo podía contar consigo misma/o.
Hay una idea que suele aliviar mucho cuando estas personas la integran en las sesiones de Terapia Feminista: no es que ahora seas más dependiente, es que antes eras más autosuficiente de lo que cualquier niña o niño debería haber tenido que ser.
La independencia también puede ser una estrategia de supervivencia, por eso el objetivo de la Terapia Feminista no es volver a no necesitar a nadie, es aprender que querer mucho a alguien no significa vivir con miedo a perderle, que amar no es controlar y que confiar también implica aceptar que no podemos evitar todas las pérdidas. Porque la verdadera seguridad no consiste en demostrar que puedes con todo, consiste en saber que, pase lo que pase, nunca volverás a abandonarte a ti misma/o.

