La piscina y la Terapia Feminista tienen más que ver de lo que piensas

Mi suegro me llama «La Sirena», y tiene sus motivos, desde que llega el calor, no paro de meterme en la piscina. Entro por la mañana, vuelvo a entrar por la tarde, me siento un rato al sol y regreso al agua. Si pudiera, probablemente viviría dentro de ella durante todo el verano. A veces me río cuando me lo dice, pero la verdad es que creo que hay algo más detrás de esta historia, porque yo no tuve piscina cuando era niña.

Mis veranos eran esos veranos interminables de calor, persianas bajadas, ventiladores que apenas movían aire y horas eternas intentando sobrevivir a las tardes de julio y agosto. Recuerdo perfectamente la ilusión que me hacía cuando alguna compañera del colegio o alguna amiga decía aquello de: «cuando quieras venir a mi piscina, me dices», pero casi nunca iba, no porque no quisiera, si no porque me daba vergüenza pedir, molestar, sentir que estaba aprovechándome de algo que no era mío. Así que muchas veces me quedaba en casa imaginando cómo sería pasar la tarde en una piscina mientras el calor seguía pegándose al cuerpo.

Por eso hoy, cuando me paso media vida en remojo, no creo que esté disfrutando únicamente de una piscina, creo que también estoy disfrutando de algo que durante mucho tiempo no tuve. Y esto tiene mucho que ver con cómo entiendo la Terapia Feminista, porque una de las cosas que aprendemos cuando trabajamos desde una mirada feminista e interseccional es que el contexto importa, importa muchísimo. Sin embargo, vivimos en una sociedad obsesionada con explicar todo desde las características individuales, como si el contexto no existiera, pero existe y condiciona mucho más de lo que nos gusta reconocer. Por eso la piscina no es sólo una piscina, la piscina es tiempo libre, es espacio, es dinero, es vivienda, es barrio, es clase social. Tener piscina es, en gran medida, un privilegio de clase y creo que muchas personas no lo perciben precisamente porque siempre tuvieron acceso a ella.

Cuando algo ha formado parte de tu vida desde siempre, resulta fácil pensar que es normal, que está al alcance de cualquiera, que no tiene demasiada importancia, pero quienes crecimos sin determinadas cosas sabemos perfectamente lo que significan cuando aparecen. Por eso me llama tanto la atención cuando algunas personas hablan de privilegios como si fueran conceptos abstractos o cuestiones ideológicas. Los privilegios suelen ser mucho más cotidianos, son la piscina, son las clases particulares, son las vacaciones o tener alguien que te cuide a tus criaturas cuando lo necesitas. Son todas esas cosas que parecen pequeñas hasta que no las tienes.

Desde la Terapia Feminista trabajamos constantemente con esta idea porque muchas veces el sufrimiento psicológico se analiza sin mirar el contexto que lo rodea. Se pregunta a las personas por qué están cansadas sin preguntarse cuánto sostienen. Se les pregunta por qué no descansan sin preguntarse si tienen tiempo para hacerlo. Se les pregunta por qué no disfrutan más de la vida sin preguntarse de qué recursos disponen para disfrutarla. Y entonces aparecen explicaciones individuales para problemas que muchas veces son profundamente sociales.

Quizá por eso me gusta tanto la piscina, porque cada vez que me meto en ella recuerdo algo importante: que las personas no somos sólo lo que hacemos, también somos las oportunidades y recursos que tuvimos y que nos faltaron, y que entender una vida sin mirar el contexto es un poco como intentar entender por qué alguien no para de bañarse sin saber que durante años soñó con hacerlo.

Así que sí, puede que mi suegro tenga razón, puede que sea una sirena, o puede que simplemente siga disfrutando de algo que durante mucho tiempo observé desde fuera de la verja.