Hay frases que duelen especialmente en mis sesiones de Terapia Feminista. Una de ellas es esta: «Me siento muy sola, Marta, y ya no sé qué más hacer para conocer gente».
Puede que esto te suene si durante mucho tiempo diste por hecho que tus amigas estaban ahí, y un día miraste alrededor y descubriste que hacía meses que no hablabas en profundidad con nadie o que no tenías a quién proponerle un café sin sentir que estabas molestando. Porque la soledad no siempre llega de golpe, a veces aparece un domingo por la tarde, después de una mala noticia, cuando nace una criatura, tras una mudanza, en medio de una crisis o, simplemente, cuando necesitas llamar a alguien y descubres que no sabes a quién.
Muchas de las mujeres a las que acompaño me han descrito una experiencia parecida: un día se dan cuenta de que su red de amistades ya no es la que era (algunas relaciones se han enfriado, otras han cambiado y otras simplemente han desaparecido con el tiempo) y ese descubrimiento las invade de tristeza, nostalgia y mucha frustración, especialmente porque no se han quedado quietas. Se han apuntado a actividades, hablan con otras madres en el parque, escriben mensajes, proponen cafés, intentan acercarse, se exponen y lo intentan una y otra vez, y , aun así, sin éxito, siguen sintiendo que no consiguen construir los vínculos que necesitan, porque conocer gente no siempre significa encontrar intimidad.
Hacer amigas en la edad adulta es mucho más difícil de lo que solemos reconocer. Hay algo profundamente agotador en tener que empezar una y otra vez. Presentarte, contar quién eres, tantear si existe afinidad, proponer un encuentro y sostener la incertidumbre de no saber si esa relación llegará a convertirse en algo importante. Ese esfuerzo continuado también desgasta.
A veces, además, el entorno no ayuda. Muchas mujeres sienten que a su alrededor no hay personas que compartan sus inquietudes, sus valores o su momento vital o que las relaciones disponibles se quedan en conversaciones superficiales cuando lo que necesitan es profundidad, cuidado y conexión real.
Desde la Terapia Feminista damos espacio a estas experiencias porque las amistades no son algo accesorio, para muchas mujeres son red, sostén, identidad, refugio y supervivencia emocional. También reconocemos el enorme trabajo emocional que implica construir vínculos nuevos porque hacer amigas no ocurre por arte de magia, requiere iniciativa, tiempo, energía y mucha tolerancia a la incertidumbre, y cuando, además, estás criando, trabajando, migrando o intentando reconstruir tu vida en un lugar nuevo, ese esfuerzo puede sentirse inmenso.
Por eso quiero decirte algo importante si te reconoces aquí: que te esté costando hacer amigas no significa que estés haciendo algo mal, significa que estás intentando construir intimidad en un mundo cada vez más individualista, acelerado y con menos espacios para el encuentro, y eso es difícil, muy difícil, pero merece la pena seguir buscando, porque sentirte sola hoy no significa que vayas a estar sola siempre y porque, muchas veces, lo que duele no es solo la ausencia de gente, es mirar alrededor un día cualquiera y preguntarte, casi sin darte cuenta: «¿dónde están mis amigas?», y descubrir que lo que echas de menos no son únicamente personas, es la pertenencia, tener un lugar donde descansar, donde no tengas que explicarte tanto, donde alguien piense también en ti.

