Todos los partos merecen ser respetados

Últimamente escuchamos mucho hablar de “parto respetado”. Hospitales que anuncian unidades específicas, protocolos humanizados o espacios diferenciados donde las mujeres pueden vivir una experiencia más cuidada durante el nacimiento de sus criaturas. Y aunque a primera vista pueda parecer una buena noticia, hay algo en esa expresión que también debería hacernos pensar porque si necesitamos crear “unidades de parto respetado”, entonces la pregunta es inevitable: ¿qué ocurre en los otros partos?

Todos los partos deberían ser respetados, no como algo excepcional, no como una modalidad concreta, no como un servicio premium dentro del sistema sanitario, el respeto no debería depender del hospital, del profesional que te toque o de la suerte que tengas ese día.

El parto respetado no es un tipo de parto, no significa necesariamente un parto vaginal, sin epidural, fisiológico o en determinadas condiciones concretas. Un parto respetado puede ser una cesárea, una inducción, un parto instrumentalizado o cualquier otra intervención médica si la mujer ha sido informada, escuchada, acompañada y tratada con dignidad. Porque el respeto no está en cómo nace la criatura, está en cómo es tratada la mujer que está pariendo, y esto es importante decirlo porque muchas veces el debate se simplifica tanto que parece que solo algunos partos son “buenos” o “naturales” y, por tanto, respetados. Pero no, el problema no son las intervenciones médicas necesarias, el problema es la violencia.

La violencia obstétrica aparece cuando una mujer no recibe información suficiente, cuando no se le pide consentimiento, cuando se infantiliza su criterio, cuando se ridiculiza su dolor, cuando se realizan prácticas desaconsejadas o innecesarias, cuando se prioriza la comodidad del sistema sobre su bienestar físico y emocional, y si existen hospitales que necesitan diferenciarse diciendo que ofrecen partos respetados, es precisamente porque demasiadas mujeres han vivido lo contrario.

Desde la Terapia Feminista escuchamos con frecuencia relatos de mujeres que salen del parto sintiendo que algo no estuvo bien, aunque les cueste ponerle nombre. Mujeres que escucharon frases humillantes, que sintieron miedo, invasión o pérdida absoluta de control sobre su cuerpo, y muchas veces, además, sienten culpa por sentirse así porque socialmente sigue costando mucho hablar del parto traumático, como si el hecho de que el bebé esté bien invalidara automáticamente todo lo demás.

Pero una mujer puede salir de un hospital con una criatura sana y, al mismo tiempo, profundamente herida, por eso es tan importante dejar de romantizar determinados tipos de parto y empezar a poner el foco donde realmente importa: en el consentimiento, la autonomía y el acompañamiento.

No hay partos de primera y de segunda, no hay madres mejores por parir de una manera concreta, lo que debería existir es un sistema sanitario donde todas las mujeres, independientemente de cómo termine siendo su parto, puedan sentirse seguras, escuchadas y respetadas

Porque el respeto no debería ser una excepción, debería ser la norma, y mientras siga siendo necesario etiquetar algunos espacios como “respetados”, quizá lo que estamos reconociendo implícitamente es algo mucho más incómodo: que todavía hay demasiadas mujeres pariendo en contextos donde la violencia sigue normalizada.