Nos vendieron la idea de que ser una persona eficiente era ser capaz de hacer muchas cosas al mismo tiempo: contestar mensajes mientras trabajas, escuchar un audio mientras cocinas, responder correos mientras comes, pensar en la lista de la compra mientras hablas con alguien, tener diez pestañas abiertas en el ordenador y otras veinte en la cabeza… Y no sólo eso, ¡nos hicieron creer que poder hacerlo era casi un superpoder!
El multitasking (o la multitarea en castellano) se ha convertido en una especie de prestigio social. En las empresas se premia a quien “llega a todo”, a quien responde rápido, a quien puede sostener varias tareas simultáneamente sin derrumbarse (aparentemente), y en el caso de las mujeres, además, esta idea conecta perfectamente con un mandato de género muy antiguo: el de cuidar, sostener y ocuparse de todo sin molestar demasiado.
¿Cuántas veces hemos escuchado eso de que “las mujeres podemos hacer varias cosas a la vez?». ¡Cómo si fuera una habilidad admirable y no una forma de supervivencia muchas veces! Y claro, nos lo hemos acabado creyendo. Nos sentimos especiales por poder hacerlo, fuertes, válidas, incluso superiores a veces. Pensábamos que ser capaces de sostener mil cosas simultáneamente habla bien de nosotras, que demuestra inteligencia, capacidad, compromiso. PERO ES UNA TRAMPA, porque la realidad es que muchas personas no vivimos siendo “supereficaces”, vivimos agotadas, ansiosas, con la sensación constante de no llegar nunca o de tener que hacer demasiado todo el tiempo.
Ni siquiera somos capaces ya de esperar unos segundos quietas. Todo tiene que ser productivo, todo tiene que aprovecharse, hasta los tiempos muertos parecen haberse convertido en una amenaza.
Desde la Terapia Feminista vemos constantemente cómo esta exigencia de productividad atraviesa la salud mental de muchísimas personas: mientras hacen una tarea, ya están pensando en la siguiente. Mientras descansan, sienten culpa. Mientras hablan con alguien, su cabeza está repasando todo lo pendiente. Y toda esta angustia acaba pasando factura. La cabeza funcionando todo el tiempo como si nunca pudiera apagarse. Lo llamamos productividad pero muchas veces es hiperactivación.
Nos han hecho creer que parar es perder el tiempo que estar presentes en una sola cosa es “poco”, que si no estamos optimizando cada minuto, estamos desaprovechando la vida, y quizá sea justo al revés. Quizá lo sano no sea hacer más, sino poder habitar lo que estamos haciendo. “Aquí y ahora hago esto.” Sólo esto. Sin responder mensajes mientras tanto, sin adelantar mentalmente lo siguiente, sin vivir permanentemente proyectadas hacia lo que falta.
Porque el problema del multitasking no es sólo el cansancio, es que nos roba el presente. Nos impide estar realmente en las conversaciones, en la comida, en el descanso, en el juego con nuestras criaturas, en el paseo, incluso en el placer. Todo queda atravesado por la sensación de que deberíamos estar haciendo otra cosa también.
Desde la Terapia Feminista trabajamos mucho la idea de recuperar presencia, de volver al cuerpo, de entender que no somos máquinas de rendimiento ni proyectos de productividad infinita. No hace falta demostrar constantemente cuánto podemos sostener porque el verdadero autocuidado no está en organizarse mejor para hacer más cosas, está en permitirse hacer menos, en dejar de vivir aceleradas, en entender que descansar no es un premio que llega cuando todo está terminado, porque la realidad es que nunca termina del todo.

