Hay un sentimiento que se repite en muchas sesiones de Terapia Feminista: el de las mujeres que sienten que no pueden más con la carga de organizar la casa, anticipar necesidades o recordar tareas y que están en pareja con hombres que se consideran feministas. Hombres que no se identifican con el machismo, que defienden la igualdad, que incluso pueden hablar de feminismo con soltura y sin embargo, en la práctica, ellas siguen siendo quienes sostienen casi todo, la llamada «carga mental», esa lista invisible que no se escribe en ningún sitio, pero que ocupa la cabeza constantemente: qué falta en la nevera, cuándo hay que poner la lavadora, qué cita médica hay pendiente, qué regalo hay que comprar, cómo organizar la semana, qué necesita cada persona de la casa.
Muchas mujeres sienten que están repitiendo una historia que creían superada, se miran y piensan: «estoy viviendo lo mismo que mi madre», y eso duele porque se suponía que esta vez iba a ser diferente, porque eligieron a alguien que “no era como los demás”.
Ellas explican cómo se sienten: agotadas, solas, desbordadas. Intentan poner palabras a esa carga invisible, pero muchas veces se encuentran con respuestas defensivas: “yo hago mucho”, “dime qué quieres que haga”, “no entiendo qué te pasa”, y entonces ocurre algo muy desgastante: tienen que sostener la conversación, explicar una y otra vez qué está pasando, poner ejemplos, traducir su malestar y llega un momento en que se cansan. Se cansan de explicar, se cansan de justificar cómo se sienten, de sentir que lo que para ellas es evidente, para su pareja es algo que siempre hay que volver a empezar a nombrar. Y en ese cansancio aparece un pensamiento que muchas viven con culpa, pero que es importante poder decir: “casi sería más fácil estar con un hombre machista”. No porque lo deseen de verdad, sino porque al menos ahí la desigualdad es visible, no hay que explicarla constantemente. No hay una promesa de igualdad que luego no se cumple.
Desde la Terapia Feminista entendemos que este tipo de dinámicas generan una profunda sensación de soledad dentro de la pareja porque no es sólo la carga de tareas, es la falta de corresponsabilidad real, de implicación, de revisión. Un hombre feminista no es quien dice serlo es quien se cuestiona, quien revisa sus privilegios, quien no espera que le expliquen todo, quien asume su parte sin necesidad de que alguien se la recuerde constantemente. Porque si no, lo que ocurre es que el discurso cambia pero la estructura se mantiene y las mujeres siguen sosteniendo.
Nombrar esto no es exagerar es poner palabras a algo que muchas están viviendo y también es el primer paso para dejar de hacerlo en soledad.

