Comprar para sentirnos mejor: cuando el consumo calma (un poco) la ansiedad

Llega el periodo de Rebajas y quizá ya hayas comprado algo sin pensarlo demasiado, no porque lo necesites, sino porque estás cansada/o, nerviosa/o, triste o saturada/o. La realidad es que muchas veces compramos para calmarnos, para distraernos, para sentir durante un rato que algo mejora o que tenemos un pequeño control sobre lo que nos pasa, y luego sentimos por esas mismas compras, vergüenza o culpa, como si hubiéramos fallado o tuviéramos una falta de autocontrol o una mala relación con el dinero.

Esto sucede porque el simple hecho de «comprar» puede funcionar como un regulador emocional. La anticipación, la búsqueda, el “darse algo” activa sensaciones de alivio, de recompensa, incluso de ilusión y durante un rato, la ansiedad baja y el ruido interno se apaga un poco. De hecho, no es casualidad que muchas compras se hagan al final del día, en momentos de soledad, después de una discusión, de una jornada agotadora o cuando sentimos que no llegamos a todo. El problema no es ése alivio puntual, el problema aparece cuando comprar se convierte en la forma principal de gestionar el malestar, y después llega la culpa, el arrepentimiento o la sensación de vacío, y el círculo se repite.

No debemos olvidar que vivimos en un sistema que nos empuja a seguir funcionando aunque estemos agotadas/os, y que ofrece soluciones rápidas para emociones complejas. Se nos ha enseñado poco a escuchar lo que sentimos y mucho a tapar emociones que molestan o que incomodan, y es por esto que desde el enfoque de la Terapia Feminista consideramos que comprar para calmarnos no es un problema individual es una respuesta aprendida en un contexto que no sólo no nos cuida, también nos dificulta cuidarnos.

El trabajo emocional desde la Terapia Feminista no busca ver cómo dejar de comprar, sino indagar en qué estamos intentando regular cuando compramos porque a veces es cansancio extremo, otras, soledad o la necesidad de placer, de reconocimiento, de descanso o de sentir algo propio. Lo importante siempre es entender que detrás de la compra suele haber una necesidad legítima que no está encontrando espacio.

Parar y mirar con curiosidad, sin juzgarnos, puede abrir algo distinto. No se trata de prohibirse comprar ni de hacerlo “perfecto”, se trata de ampliar las opciones de cuidado, para que el consumo no sea la única.

En una cultura que nos dice que todo se arregla comprando, escuchar el malestar implica revisar cómo vivimos, cuánto nos exigimos, qué redes tenemos y qué espacios de sostén nos faltan. El alivio duradero suele tener más que ver con vínculos, límites, descanso y acompañamiento que con objetos, y eso no siempre podemos hacerlo solas/os. Desde la Terapia Feminista podemos explorar juntas/os qué hay detrás de ese gesto, qué necesitas y cómo construir formas de cuidado más amables y sostenibles para ti.