Hoy, 24 de febrero, Día de la Psicología, no quiero escribir un texto complaciente sobre la vocación, no quiero hablar sólo de lo bonito que es acompañar procesos, ni de la satisfacción de ver cómo alguien comprende algo nuevo sobre sí misma. Hoy quiero hablar de la realidad, de lo que implica ejercer la psicología en este momento histórico, desde una práctica ética, feminista y comprometida.
Ser psicóloga hoy es sostener muchas tensiones a la vez: es acompañar dolor mientras gestionas precariedad, es cuidar mientras intentas no desbordarte, es defender el valor de tu trabajo en un mercado que lo banaliza constantemente.
Voy a contarte algo: uno de nuestros primeros obstáculos es algo tan básico como tener un espacio donde ejercer. En los últimos años, muchos centros de psicología han dejado de funcionar como espacios comunitarios entre profesionales para convertirse en modelos casi especulativos. Despachos alquilados por horas a precios desorbitados, condiciones inestables, dinámicas que recuerdan más a un Airbnb terapéutico que a un proyecto de salud mental. Quienes gestionan estos espacios obtienen rentabilidades elevadas mientras muchas psicólogas autónomas asumen la incertidumbre, los huecos en agenda y la presión de cubrir costes cada mes. Y abrir consulta propia tampoco es sencillo: los alquileres están disparados, los gastos iniciales son altos y el riesgo siempre es individual.
A esta precariedad estructural se suma otra herida silenciosa: la mercantilización de las derivaciones. Hubo un tiempo en que derivar era un acto de confianza profesional. Si no podías acompañar a alguien, recomendabas a una compañera que sabías que iba a cuidar a esa persona, creabas tu red desde la ética. Hoy, en demasiados casos, la derivación se ha convertido en intercambio económico: pagar un fijo mensual para recibir pacientes, entregar un porcentaje de cada sesión, abonar una cuota para aparecer en una lista. La lógica del mercado se infiltra incluso en los vínculos profesionales, erosionando algo tan esencial como la confianza entre colegas.
Mientras tanto, en redes sociales proliferan mensajes simplistas que prometen transformaciones rápidas, sanaciones exprés y soluciones mágicas a problemas complejos. y quienes trabajamos desde la ética sabemos que los procesos son lentos, que el dolor no desaparece con una frase inspiradora y que acompañar implica responsabilidad, formación continua y supervisión. Defender esa complejidad en la cultura de la inmediatez es agotador, pero necesario.
Y no podemos olvidar que sostener una consulta implica mucho más que la hora visible de sesión. Está la gestoría, la cuota de autónomos, el alquiler, los suministros, la formación continua imprescindible para trabajar con trauma, violencia o duelo, la supervisión clínica, el tiempo invisible de preparación y seguimiento. Todo sube. Y entonces llega la tensión más incómoda: subir tarifas para poder sostener el espacio sabiendo que el sistema económico es cruel y que muchas de las personas a las que acompañas tendrán que espaciar sesiones para poder pagarlas. Si no subes, tú no llegas. Si subes, quizá ellas no llegan. Esa contradicción no aparece en los manuales, pero atraviesa la práctica cotidiana.
En ese contexto, sostener una práctica rigurosa y ética es casi un acto de resistencia, y, sin embargo, muchas seguimos aquí, elegimos este oficio una y otra vez porque creemos en el trabajo emocional profundo, porque sabemos que acompañar procesos desde una mirada feminista no solo transforma a nivel individual, sino que cuestiona estructuras que generan malestar. Porque entendemos que cuidar la salud mental no es un lujo, es una necesidad colectiva.
Este 24 de febrero no quiero idealizar la profesión. Quiero nombrar sus contradicciones. Quiero hablar de precariedad sin perder la dignidad. Quiero reivindicar que detrás de cada sesión hay una o un profesional sosteniendo mucho más de lo que se ve.
Cuidar la salud mental implica también cuidar las condiciones de quienes la sostienen, y hasta que eso no sea una prioridad social y política, ejercer la psicología seguirá siendo, además de una vocación, un acto de resistencia cotidiana.

