Hay algo que muchas personas observan en la Terapia Feminista cuando nacen nietas o los nietos en la familia: ese padre que fue distante, autoritario o incluso violento parece convertirse en un abuelo completamente distinto. De pronto es paciente, cariñoso, juega en el suelo, abraza y escucha, tiene gestos de ternura que muchas hijas e hijos no recuerdan haber recibido nunca, y esa transformación les genera sentimientos contradictorios. Por un lado, es bonito ver a las criaturas crecer rodeadas de afecto, por otro, en quienes fueron educadas/os por ese padre, aparece una pregunta dolorosa: ¿por qué conmigo no pudo ser así?
En muchas historias familiares se repite este caso: los hombres cuando llegan a la etapa de ser abuelos, de repente parecen más blandos, más disponibles, menos rígidos. se permiten expresar afecto, mostrar vulnerabilidad y disfrutar del vínculo sin tanta exigencia ni control. A veces da la sensación de que en ese momento se dan cuenta de todo lo que se perdieron. Pero para comprender este fenómeno también es importante mirar el contexto en el que muchos de esos hombres crecieron porque durante décadas, el mandato sobre cómo debía ser un padre era muy claro: proveedor económico, autoridad en casa, figura dura y poco emocional.
La llegada del «ser abuelo» cambia algunas de esas condiciones y ya no pesa la responsabilidad económica de criar, ni la presión social de demostrar autoridad en casa. El tiempo también trae distancia y perspectiva, y en ese lugar más relajado, muchos hombres empiezan a permitirse algo que antes no se habían permitido: el afecto. Ese “calorcito” no surge de la nada, ha estado dentro de ellos todo ese tiempo, simplemente no se lo permitieron, por eso, aunque para muchas personas ver esa transformación puede ser reparador y también puede abrir heridas, porque muestra que esa capacidad estaba ahí, pero las circunstancias y los mandatos de género hicieron que no se expresara cuando más se necesitaba.
Muchos hombres y mujeres en procesos de Terapia Feminista relatan que de pronto se han encontrado con una persona que no reconocen, un abuelo que está disponible de una manera que como hijas e hijos no recuerdan haber vivido, y que les duele no haber recibido eso. Duele ver que esa ternura era posible, que esa forma de estar existía, que ese hombre que ahora escucha, acompaña y se muestra cercano es el mismo que antes no supo o no pudo hacerlo con ellas/os, algo que les genera emociones difíciles de sostener: tristeza, rabia, confusión, incluso culpa por sentir todo eso, porque parece que lo esperado sería alegrarse sin más, agradecer que al menos ahora sí lo hace diferente.
Desde la Terapia Feminista entendemos que ese dolor tiene sentido, no habla de egoísmo, sino de una herida legítima: la de haber necesitado algo que no se tuvo, y aunque podamos entender los mandatos de género, la educación emocional limitada o el contexto en el que esos hombres crecieron, eso no borra el impacto que provocó en quienes fueron sus hijas e hijos.
Por eso, este tipo de experiencias también pueden ser una nueva ventana, no porque reparen automáticamente lo vivido, sino porque ponen delante algo que necesita ser mirado y acompañado. En muchos casos, iniciar un proceso de Terapia Feminista justo en este momento permite precisamente eso: darle un lugar a ese dolor, entenderlo sin juzgarlo, recolocar la responsabilidad (que nunca fue de quien era niña o niño) y empezar a construir una relación más honesta con lo vivido.
Porque a veces lo que más duele no es solo lo que pasó, sino no haber tenido nunca un espacio donde poder decir: «esto me faltó, y me sigue doliendo» y ese espacio, cuando aparece, también forma parte de la reparación.

