Hay Navidades que no salen en los anuncios: Navidades sin pareja o después de una ruptura, navidades sin familia o atravesadas por un duelo, o sencillamente aquellas en las que simplemente no hay ganas de celebrar nada. Y, aun así, cada diciembre vuelve la misma presión por sonreír, reunirse, pertenecer y encajar en la postal perfecta.
Desde la Terapia Feminista vemos cada año cómo estas semanas pueden convertirse en un territorio emocional difícil para muchas personas. No porque estén “rotas” o “solas”, sino porque la sociedad nos empuja a pensar que solo existe una forma correcta de vivir la Navidad, y todo lo que se salga de ese guion (cosas como la autonomía, el límite, el silencio, el descanso o la propia compañía) suele interpretarse como un fracaso personal.
Pero no hay nada roto en quien no quiere celebrar, lo que está roto es el mandato que nos obliga a fingir bienestar incluso cuando no lo hay.
Por ejemplo, cuando no tienes pareja, la Navidad coloca a las mujeres en un escaparate: “¿Y tú, este año sigues soltera?”, como si estar en pareja fuera un requisito para sentirse acompañada o cuidada, intensificando la presión para quienes acaban de atravesar una ruptura o para quienes, simplemente, no desean tener pareja. La soledad, que puede ser un espacio de descanso y reconstrucción, es señalada como un error que hay que corregir.
Otro asunto que cuesta entender y que la Terapia Feminista tiene muy claro, es que no todas las familias son refugio, para algunas personas, volver a casa significa revivir violencias, roles insostenibles o dinámicas que dañan su salud mental. Decidir no asistir a una cena o apartarse de vínculos que hieren es un acto de autocuidado profundo, y, aun así, muchas personas se encuentran cada año teniendo que justificarse ante el entorno, explicando una y otra vez por qué protegerse es legítimo.
Además, cuando estás en duelo o no tienes ánimo, la navidad puede amplificar ausencias, silencios y heridas, y precisamente la exigencia de alegría puede hacer que muchas personas sientan que molestan con su tristeza o que tienen que esconderla para no “estropear la fiesta”. El problema, otra vez, no es la emoción, sino la falta de espacios donde poder vivirla sin culpa.
Construir tu propia manera de estar y vivir la Navidad desde la autenticidad no es egoísmo, es una forma de respeto hacia ti misma/o.
Recuerda: no existe una única forma de vivir diciembre, no existe la obligación de estar feliz, ni de reunirse, ni de comprar regalos, ni de llenar la agenda. Existe, eso sí, el derecho a cuidarte, a escucharte y a construir una Navidad que no duela, que no oprima y que (si puede ser) te abrace un poco.

