La satisfacción sexual no es «cosa de hombres»

Cuando se abre el melón de la sexualidad en la Terapia Feminista, muchos hombres relatan la presión de tener que desear siempre como una prueba constante de masculinidad. Expresan que desde muy jóvenes aprenden que un “hombre de verdad” debe querer sexo en todo momento, debe tomar la iniciativa y no puede decir que no, porque su valor se mide en su potencia, su resistencia o en cuántas veces es capaz de “cumplir”.

Esta idea que socialmente se vende como una forma de libertad masculina, convierte su deseo en una obligación. El deseo deja de estar vinculado a una emoción, un impulso o una búsqueda de intimidad, y pasa a ser un examen que se debe aprobar una y otra vez, alimentando en muchos hombres el miedo a no estar a la altura, a “fallar”, a no responder al deseo de la otra persona. Lo que debería ser placer y conexión, se convierte en ansiedad y vergüenza.

El trabajo emocional desde el enfoque de la Terapia Feminista evidencia que esta presión no sólo afecta la autoestima, también mina la capacidad de disfrutar. Algunos hombres evitan las relaciones sexuales con su pareja por miedo al rendimiento, otros se fuerzan en mantenerlas, aunque no les apetezca y algunos confunden el deseo con la validación: necesitan sentirse deseados para creer que valen, y eso los deja tan atrapados como a las mujeres que crecieron creyendo que solo serían amadas si eran deseables.

A este mandato de “cumplir” se le suma la imposibilidad de mostrarse vulnerable. Muchos hombres no se permiten hablar de cansancio, de miedo, de tristeza o de baja libido, porque si lo hacen, se arriesgan a ser cuestionados, ridiculizados o leídos como “menos hombres”, cuando, su deseo, al igual que el de las mujeres, no es lineal: cambia con el estrés, la salud, la edad, el estado emocional o la relación de pareja.

Desde la Terapia Feminista trabajamos para que los hombres puedan reconciliarse con su deseo sin exigencias, sin comparaciones y sin culpa. Para que entiendan que no tienen que demostrar nada, que pueden decir “no tengo ganas” sin perder valor, que el deseo no siempre pasa por lo genital ni tiene que ser inmediato o explosivo, y que pueden habitar la ternura, la pausa, la intimidad emocional, sin miedo a perder su identidad masculina.

Porque como profesional de la Terapia Feminista, quizá el reto más grande sea permitir que los hombres se sientan humanos también en el terreno sexual: imperfectos, cambiantes, vulnerables. Porque el deseo no se sostiene desde la exigencia, sino desde la libertad. Y cuando el cuerpo deja de ser un escenario de rendimiento para volver a ser un lugar de encuentro, el deseo (por fin) puede sentirse auténtico, presente y vivo.