Hace poco me ocurrió algo que, sospecho, les ha pasado a muchas madres. Estaba mirando fotos de mi criatura, fotos de cuando era más pequeño, de sus primeros meses, de momentos cotidianos que quise guardar para siempre, y entonces me di cuenta de algo: yo casi no aparecía.
Había fotografías con su padre, con familiares, con amigas y amigos, había imágenes de juegos, de paseos, de cumpleaños, de vacaciones y yo apenas estaba. No porque no hubiera estado allí, porque estaba en todas, pero era yo siempre quien hacía la foto.
De repente me pregunté cuántas madres habrán vivido exactamente esta misma sensación, la de descubrir un día que han documentado la infancia de sus criaturas mientras desaparecían silenciosamente de su propio álbum familiar. Porque las madres solemos ser las guardianas de la memoria, somos quienes hacemos las fotos, quienes grabamos los vídeos, quienes recordamos los cumpleaños, quienes guardamos los dibujos, quienes organizamos los álbumes y quienes pensamos que algún día nuestras criaturas agradecerán tener todos esos recuerdos, y mientras hacemos todo eso, muchas veces no aparecemos.
Es una ausencia pequeña, aparentemente insignificante, pero que dice mucho de cómo vivimos la maternidad, porque la realidad es que las madres estamos en todas partes y, al mismo tiempo, parecemos invisibles. Desde la Terapia Feminista me gusta pensar que esta ausencia en las fotografías es también una metáfora de algo más profundo. Las mujeres llevamos generaciones realizando una enorme cantidad de trabajo emocional y de cuidados que rara vez recibe reconocimiento. Un trabajo imprescindible para que la vida funcione, pero que suele permanecer en segundo plano y las fotos hablan de eso, hablan de quién mira y quién es mirado, de quién cuida y quién es cuidado, de quién se ocupa de que el recuerdo exista y quién aparece en él.
Y hay algo más, muchas madres me cuentan que ni siquiera les gusta que les hagan fotos. Se juzgan con dureza, ven las ojeras, el cansancio, los cambios físicos y piensan que ya habrá otro momento para hacerse una foto mejor. Pero ese otro momento casi nunca llega y los años pasan, y un día descubres que tienes cientos de imágenes de tu criatura creciendo y apenas unas pocas donde se vea cómo la abrazabas, cómo la mirabas o cómo ella descansaba sobre ti.
Entonces puede aparecer una tristeza o culpa difícil de explicar, porque no se trata de vanidad, no se trata de querer salir guapa en las fotos, se trata de existir en la historia que ayudaste a construir, se trata de que tus hijos e hijas puedan verte cuando miren hacia atrás y de que tú también puedas recordar que estuviste allí.
Por eso quiero aprovechar este artículo para hacer una petición sencilla: a las parejas, a las familias, a las amistades: Haced fotos a las madres. No solo en los cumpleaños o en las ocasiones especiales, haced fotos de los momentos cotidianos, de cuando leen un cuento, de cuando abrazan, de cuando juegan, de cuando consuelan, de cuando simplemente están. Y a las madres que estáis leyendo esto, os diría algo más: Permitíos aparecer, aunque estéis cansadas, aunque no os guste cómo os veis. Aunque penséis que ya habrá una ocasión mejor, porque vuestras criaturas no necesitan recordar una versión perfecta de vosotras, necesitan recordar a la mujer que estuvo allí.
Y porque quizá la pregunta no sea por qué las madres no salimos en las fotos, quizá la pregunta sea por qué seguimos ocupándonos de que todo el mundo aparezca mientras nadie se acuerda de fotografiarnos a nosotras.

