Cuando estamos mal, muchas veces lo primero que cambia es nuestra manera de relacionarnos. Sin darnos cuenta empezamos a responder menos mensajes, cancelamos planes o dejamos pasar días (a veces semanas) sin contestar a personas que queremos, llegando poco a poco a encerrarnos en nosotras mismas.
Este movimiento es bastante humano. Cuando atravesamos momentos de ansiedad, tristeza o agotamiento, hablar puede requerir una energía que sentimos que no tenemos. A veces ni siquiera sabemos cómo explicar lo que nos pasa e incluso, y es a través de la Terapia Feminista que entendemos que hemos aprendido que cuando estamos mal debemos retirarnos, no molestar o no cargar a otras con nuestro dolor.
A veces creemos que ese repliegue funciona como una forma de protección, pero la realidad es que las relaciones sanas no exigen que estemos siempre disponibles si no podemos, ni que estemos siempre alegres, ni tener fuerzas para todo, y mucho menos fingir una sonrisa cuando no tenemos ni puta gana.
Lo importante es entender que los vínculos sanos permiten mostrarse como una está, incluso en los momentos en los que lo único que hay es cansancio, tristeza o silencio pero también necesitan que no haya un vacío total, porque cuando el silencio se alarga demasiado (cuando los mensajes quedan sin respuesta, cuando la otra persona no sabe nada durante mucho tiempo) lo que aparece al otro lado de la relación es incertidumbre.
La persona que queda esperando empieza a preguntarse si ha hecho algo mal, si ha molestado, si ya no importa y en muchas amistades, especialmente entre mujeres, hay además otro elemento importante: muchas hemos sido socializadas para cuidar los vínculos, para preguntar cómo está la otra persona, para sostener conversaciones difíciles o para estar atentas cuando algo no va bien, un cuidado que además suele recaer con frecuencia en determinadas personas dentro de los grupos de amigas, y cuando esas personas dejan de recibir respuesta o alguien desaparece sin explicación, no sólo aparece en ellas preocupación, también puede surgir una sensación de no ser cuidadas de vuelta, como si todo el trabajo emocional que han puesto en la relación no encontrara reciprocidad cuando ellas también lo necesitan,.
Por eso desde la Terapia Feminista trabajamos mucho la importancia de poder mostrarse en los vínculos sin tener que fingir. Porque las relaciones sanas no se sostienen desde la perfección ni desde la disponibilidad permanente, se sostienen desde la honestidad y desde el cuidado mutuo.
A veces basta algo pequeño: un mensaje que diga “no estoy bien”, “necesito un tiempo” o “ahora no puedo hablar mucho, pero estoy aquí”. No se trata de dar explicaciones largas si no se tienen fuerzas, sino de que el silencio no se convierta en un silencio administrativo que deje a la otra persona sola con sus interpretaciones.
Cuidar el vínculo no significa forzarse cuando una no puede, pero sí implica recordar que al otro lado hay alguien que también siente. Porque cuando una relación queda demasiado tiempo suspendida en el vacío, incluso las personas que aman pueden empezar a cansarse, no por falta de cariño, sino porque quedarse frente al silencio también duele.

