Hablar de dinero incomoda. A muchas personas les resulta más fácil hablar de sexo, emociones o de conflictos de pareja que de su situación económica. El dinero suele aparecer envuelto en silencio, vergüenza o culpa, y, sin embargo, atraviesa gran parte de nuestra vida cotidiana: dónde vivimos, qué decisiones tomamos, qué relaciones sostenemos y hasta qué límites creemos que podemos poner.
Desde la Terapia Feminista, el dinero no es un tema menor ni superficial, es una cuestión profundamente emocional, relacional y política. Cuando hablamos de economía personal, no hablamos sólo de números, hablamos de poder, de dependencia, de autonomía, de miedo, de seguridad y de desigualdad.
Muchas personas sienten vergüenza por ganar “poco”, por gastar “mal”, por no saber ahorrar o por necesitar apoyo económico. Otras sienten culpa por ganar más que su pareja o amistades, por no compartir, por poner límites.
El dinero activa emociones intensas porque no vivimos en un sistema justo, las condiciones materiales no parten del mismo lugar para todas las personas, y sin embargo se nos hace creer que lo económico es una responsabilidad exclusivamente individual.
A las mujeres se nos ha enseñado históricamente a no hablar de dinero: nada de pedir una franja salarial en una entrevista de trabajo o un aumento de sueldo. Nada de poner un precio a nuestro trabajo por encima de las expectativas o deseos del otro/a (esto te resonará especialmente si eres autónoma y vendes servicios o productos), y por supuesto, nada de ser ambiciosa ni mostrar interés, una mujer que habla de su relación con el dinero, incomoda.
Muchas hemos aprendido a priorizar la estabilidad de nuestras relaciones, el bienestar del otro o la armonía familiar por encima de nuestra seguridad económica, o a delegar decisiones económicas importantes, asumiendo trabajos peor pagados, más precarios o invisibles. Y todo esto no es casual, ni tiene que ver con capacidades personales. Tiene que ver con cómo el género organiza el poder y el acceso a los recursos.
En los procesos que acompaño desde la Terapia Feminista, el dinero suele aparecer de forma indirecta: conflictos de pareja, ansiedad constante, dificultad para tomar decisiones, miedo al futuro, sensación de no valer lo suficiente. Cuando se mira con más atención, muchas de estas vivencias están atravesadas por una realidad económica concreta.
La vergüenza juega un papel central: vergüenza por no llegar, por depender, por necesitar, por desear más, y el silencio refuerza esa vergüenza: si no se habla, parece que el problema es individual. Pero callar el dinero no nos protege. Nos deja solas con el malestar.
Incluir la economía personal en el trabajo emocional no significa aprender a invertir ni recibir consejos financieros. Significa poner palabras a lo que el dinero despierta, revisar creencias, desmontar mandatos y entender cómo lo material y lo emocional se entrelazan.
Hablar de dinero en terapia puede abrir preguntas como:
* ¿Qué aprendí sobre el dinero en mi familia?
* ¿Qué miedos se activan cuando pienso en el futuro?
* ¿Qué relaciones sostengo desde la dependencia económica?
* ¿Qué me cuesta pedir o cobrar?
* ¿Qué lugar ocupa el dinero en mi sensación de valía personal?
Estas preguntas no buscan respuestas rápidas, sino comprensión y posibilidad de cambio. Desde la Terapia Feminista, entendemos que no todas partimos del mismo lugar, y que la autonomía no es solo una cuestión de actitud. Trabajar el vínculo con el dinero implica también reconocer las desigualdades estructurales, sin culpabilizar a quien las sufre. Hablar de dinero es hablar de poder. Y poder hablar de ello, sin juicio, es ya un gesto de cuidado.
Si el dinero te genera ansiedad, vergüenza o conflicto, no es porque estés fallando, es porque vives en un sistema que reparte de forma desigual y luego responsabiliza individualmente del malestar. La Terapia Feminista puede ser un espacio para mirar la relación con el dinero con más amabilidad, entender cómo se ha construido y explorar formas más conscientes y cuidadosas de vincularte con lo económico.
Si este tema te resuena y te apetece trabajarlo acompañada, la terapia feminista puede ofrecer un lugar donde lo personal y lo político se piensan juntas, sin simplificaciones ni culpabilización.

