La Terapia individual está muy bien pero los equipos también necesitan cuidados

Como profesional de la Terapia Feminista también acompaño a profesionales que forman parte de equipos multidisciplinares profundamente comprometidos con el cuidado de las personas. Equipos que sostienen proyectos valiosos, que acompañan situaciones complejas y que trabajan desde la implicación y la responsabilidad, equipos muy entregados que, precisamente por ese compromiso, terminan muy cansados o quemados.

Para muchos, iniciar un proceso de supervisión desde la Terapia Feminista está siendo la clave para continuar con sus proyectos porque, si algo vuelve a confirmarse en cada nueva sesión es que los conflictos no aparecen porque las personas no estén comprometidas, sino precisamente porque lo están, porque cuando hay implicación, hay emociones y cuando hay emociones, si no se nombran, se enquistan.

En las sesiones de supervisión desde la Terapia Feminista se trabaja algo que parece sencillo, pero no lo es tanto: generar un espacio seguro donde cada persona pueda expresar cómo se siente en relación con las otras personas, la organización del trabajo, la distribución de tareas, la toma de decisiones y el desarrollo de los proyectos, sin juicios, sin reproches, sin miedo a ser señalada como “problemática». Se tiene en cuenta que los equipos (especialmente en el ámbito social y asociativo) suelen estar formados por personas con una alta conciencia ética y política, entendiendo que esto no los hace inmunes al desgaste, a las tensiones o a las dinámicas de poder que atraviesan cualquier estructura humana. A veces aparece la sobrecarga invisible o la sensación de que el trabajo no está siendo reconocido, o el conflicto latente entre diferentes maneras de entender el liderazgo, o el cansancio acumulado que termina expresándose en forma de malestar interpersonal.

Desde la supervisión bajo el enfoque de la Terapia Feminista entendemos que los conflictos no son fallos individuales, sino fenómenos relacionales que se producen en contextos concretos. Por eso la supervisión no consiste en señalar culpables, sino en analizar dinámicas, en mirar cómo se distribuye el poder, cómo circula la palabra, quién asume más tareas emocionales, quién se calla, quién sostiene, quién se desgasta.

Trabajamos también el llamado trabajo emocional dentro de los equipos: esa carga invisible que suele recaer en determinadas personas (muchas veces, mujeres), que median, suavizan, contienen y organizan lo que no está escrito en ninguna descripción de puesto, porque nombrarlo ya es transformador.

En las sesiones aparecen tensiones, sí, pero también algo muy valioso: la posibilidad de escucharse de verdad, de comprender que detrás de una respuesta brusca puede haber agotamiento, que detrás de un silencio puede haber miedo, que detrás de una exigencia puede haber inseguridad. La supervisión se convierte entonces en un espacio de prevención del burnout, de fortalecimiento del vínculo y de revisión de las prácticas organizativas. No sólo resolvemos conflictos cuando surgen, también construimos herramientas para que el equipo pueda gestionarlos de forma autónoma en el futuro.

Porque un equipo que puede hablar de lo que duele sin romperse es un equipo más sostenible. Porque acompañar procesos colectivos desde la Terapia Feminista implica asumir que lo personal también es organizacional, que las emociones no son un estorbo en el trabajo, sino información valiosa, que cuidar el clima interno no es una pérdida de tiempo, sino una inversión en calidad, coherencia y salud. Porque las empresas y las organizaciones también necesitan espacios donde mirarse, escucharse y transformarse, y cuando eso ocurre, los proyectos no solo funcionan mejor, se sostienen en el tiempo sin dejar a nadie por el camino.